High Club Miami, ambiente de St. Tropez en South BeachEl nuevo local de la cadena internacional trae una nota clásica francesa a la glamorosa vida nocturna en Sobe.Como en las películas de fantasía, atravesando una puerta se pasa del contexto americano de Ocean Drive a la despampanante ambientación de un salón decorado al estilo de los clubes en St. Tropez en el recién inaugurado High Club Miami. Todos los detalles para recrear esta fantasía, desde los majestuosos muebles victorianos, hasta las paredes forradas en piel negra acolchonada en algunas secciones del local y en otras por inmensos espejos, como el salón del Palacio de Versalles, han sido meticulosamente calculados por el empresario francés Gil Thevenet, quien tiene en su dossier otras en el sur de Francia, incluida la más famosa situada en Niza. El bar laqueado en blanco a lo largo del salón es el centro focal a donde primero se dirigen los visitantes para adaptar la visión a la iluminación azul, ayudada únicamente por velas, y de paso recuperarse del trance. “Nos hemos esmerado en agregar una nota clásica francesa a la glamorosa vida nocturna en Sobe”, dice Thevenet quien añoró por muchos años abrir un club en La Playa. High Club Miami acaba de abrir sus puertas, pero por lo pronto, si su predilección es la música house, de viernes a domingo un reparto de pinchadiscos franceses, locales, nacionales e internacionales, como son Navy, Keidy, Sub Zero, Louis Dee, Keidy, Troy Kurtz, Lina (NYC), Randy Bettis, Eddy Martínez (NYC) y Keo (NYC), por mencionar sólo unos cuantos, pondrán a los bailadores a gozar con puro house. El viernes se hace Fashion Night para los “fashionistas” y para los domingos hay una fiesta gay. Let Them Eat Cake (“que coman pastel”, según traducción al español) es el nombre de la soirée para fin de año, inspirada en las extravagantes fiestas de lujuria, derroche de moda, champaña y licor que con desmesurada frecuencia hacía la reina entregada a los placeres, María Antonieta, a quien se le atribuye la infame frase nunca corroborada literalmente. La ambientación del club en su totalidad funciona bien como medio para enajenarse por unas horas como manda la norma en estos tiempos, donde la virtualidad se impone a la realidad. El hecho de que el club atrae a cuanto franco parlante, residente o transeúnte, hay en Miami, le agrega veracidad al empeño de recrear esta fantasía francófila. El tiempo que toma abrir la puerta y someterse a la energía del recinto es mucho más breve que el que tomaba el viaje expreso del Concord a París y justo el necesario para que alma y cuerpo se pongan de fiesta de inmediato. Ya colocado, unas copas más tarde y bajo el efecto de los espejismos, como espectador del show o como partícipe, el viaje en High a través de los sensores de la diversión se torna más intenso, hasta ese punto donde la fantasía empieza a parecer real. A ese nivel, se pasa una noche en nota alta con la misma sensación que se experimentamos cuando se está muy a gusto en un ambiente totalmente foráneo por el costo de un económico viaje de la imaginación.
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